El presidente de España se para ante los micrófonos que se arremolinan a su alrededor y arranca: dice que un país serio necesita estadísticas confiables, menos intervención del Estado en la economía y reglas claras para la inversión. Al día siguiente se reúne con un juez que investiga causas de corrupción y le da su apoyo. Antes de volverse a Madrid le sugiere a un grupo de empresarios las recetas que deberían aplicarse en la Argentina para despabilar de una buena vez la economía.
Otro día, aparece por televisión Barack Obama y se sincera. Está decepcionado con Cristina Kirchner, confiesa apesadumbrado. No cumplió las expectativas que se había formado sobre ella. Cambiamos de canal: un secretario de Lula acaba de frenar en Uruguayana una fila de camiones argentinos cargados de alimentos. Un sindicalista del PT entra en escena y cuenta que el presidente le había garantizado que impediría cualquier "amenaza externa" a los productores brasileños.
Dejemos volar la imaginación un poco más. José Mujica, en pantuflas, acaricia a su perro en la chacra de Rincón del Cerro, y arremete: "¡El gobierno argentino nos tiene que pedir perdón por el corte de ruta en Gualeguaychú!" Y, en una distracción, nos topamos con el presidente chino, que anuncia la suspensión de un viaje a la Argentina porque dice estar enojado con el alcalde de Shanghai.
¿Qué hubieran dicho Cristina y Néstor Kirchner? ¿Hubieran escuchado en silencio, mordiéndose el labio para no denunciar conspiraciones antiargentinas? ¿Se hubieran abstenido de sumar nuevas estatuas a la galería de sus enemigos? Preguntas retóricas.
En la vida real, la Presidenta se dio el gusto de convertir todas aquellas fantasías en la marca registrada de su diplomacia. Estos días, denostó en Madrid el duro ajuste español, apoyó al juez Garzón en medio de su pelea con sus superiores por las investigaciones sobre el franquismo y les reveló la receta del éxito a los golpeados empresarios ibéricos. La semana previa había parado (aunque lo negara luego) cargamentos brasileños en la frontera. Y mucho antes había clamado su fastidio con Obama, canceló su gira por China por su pelea con Cobos, le reclamó una disculpa a Uruguay por instalar Botnia sin permiso...
Su audaz política exterior ha cosechado hasta ahora una frialdad creciente entre aliados centrales del país. ¿Alcanzará el pregonado éxito del modelo kirchnerista para que esa sensación no aleje aún más a la Argentina del centro de la política y los negocios mundiales?
Es, tal vez, lo más difícil de imaginar.


