La noticia publicada en China acerca de graves problemas en las importaciones de aceite de soja, proveniente de nuestro país, lo confirma.
La Argentina es el octavo productor mundial de alimentos. Y es el séptimo exportador. China es el mayor comprador del planeta. Y para nuestro país, es el segundo comprador de nuestros productos.
A lo largo de veinte años, la complementariedad ha sido una estrategia común entre ambos países.
Pero, los problemas bilaterales empezaron a resquebrajarla. ¿Tales problemas han salido de China? Para nada; salieron de nuestro pequeño (en términos de peso en el mundo) país. Vaya osadía.
La cosa se quebró hace unos dos años, cuando el gobierno argentino comenzó a jugar con variables internas que afectan el comercio internacional, donde los derechos de exportación y la Oficina Nacional de
Control Comercial Agropecuario –ONCCA- pasaron a ser el eje central del comercio agroindustrial.
No debe extrañar, entonces, que el gobierno chino haya comenzado -desde ese momento- a pensar en otros aliados estratégicos, como podría ser Brasil.
Bajo el manto de una rencilla sanitaria, ahora, se esconde un conflicto que nos pone en situación endeble y que amenaza socavar nuestra posición en el mundo.
Recordemos que el aceite de soja debe cumplir con determinados requisitos. Así lo piden los chinos. No puede tener más de 100 partes por millón de residuos de solventes.
De acuerdo a las autoridades fitosanitarias de China, más del 35% de los cargamentos procedentes de la Argentina durante el año pasado no lograron este cumplir este requisito.
Con el anuncio, empresas de la talla de Cargill, Bunge Argentina, AGD, Dreyfus, Vicentín y Molinos Río de la Plata (concentran el 85 %del total exportado) quedan envueltas en el litigio.
Y con ellas, por supuesto, la producción de soja. A la vez, el tablero industrial doméstico pierde su equilibrio basado en medidas oficiales de protección.
¿Es ésta un artilugio para-arancelario? Obviamente, sí lo es. Y es un golpe muy duro a la estrategia oficial de tributación. Logra pegar en la caja del Ejecutivo argentino.
No se debe mojar la oreja a nadie.
Sin embargo, la Argentina lo hizo.
La gota que rebalsó el vaso, fue la inexcusable suspensión de la visita presidencial. El faltazo de la Presidente argentina en febrero último es un un hecho fuerte. Un hecho suficiente para que las autoridades chinas muestren un comportamiento de desaire que, a la hora de negociar, le resulte positivo.
Para muestra sólo falta un botón: el Presidente chino Hu Jintao va a visitar próximamente varios países de América del Sur como Brasil y Chile, pero al hacerlo deja afuera a la Argentina. Más claro, agua.
China ha reaccionado, señores. Y al hacerlo ha dejado al descubierto su comprensión sobre las necesidades de caja que tiene el actual gobierno argentino. Y ha pegado allí. Donde duele.
La estrategia argentina de restricciones a los productos chinos más el desaire ocasionado con la no visita presidencial han dejado las manos libres a los que manejan las relaciones exteriores de China para producir una suerte de revancha.
La jugada de China es, claramente, una operación política para lograr una mayor entrada de productos industrializados chinos. Sobre todo después de las restricciones impuestas en la Argentina a éstos.
La actitud del gobierno chino pretende presionar sobre la Argentina para que ésta abra más sus fronteras a los productos chinos. Y al mismo tiempo nos recuerda nuestro papel en el mundo.
Las propias autoridades lo dejaron ver.
La agencia oficial china Xinhua hizo pública su exigencia de que, a partir de la semana pasada, las importaciones de aceite de soja argentina que contengan más de 100 partes por millón de residuos de solventes no podrán ingresar al mercado de ese país.
La misma agencia oficial reveló que tal medida se toma en represalia por las medidas antidumping, llevadas a cabo por el gobierno argentino, concretamente desde el Ministerio de Industria, en contra de productos chinos como vajillas y textiles.
No se puede mojar la oreja a nadie. Y mucho menos a un gigante.
Lo bueno es que, pese a todo, China seguirá necesitando aceite de soja del exterior. Con su producción doméstica no puede cubrir sus necesidades, al menos por unos años.
En este contexto, retomar la senda de la complementariedad –donde ambas partes salgan bien paradas- sería una buena señal.