Estamos viajando por el norte del país.
En las provincias de Salta, Tucumán y Santiago del Estero, se encuentran grandes extensiones de soja. Son lotes de gran escala que, a lo largo de los últimos años, han recibido la tecnología de la pampa húmeda, adaptándose a las condiciones del lugar.
No vamos a sostener que la introducción de la agricultura extensiva sea algo malo para el país. No. Pero sí afirmamos que la soja-dependencia no es bueno para nadie.
Es la política del corto plazo, propia del actual gobierno, la que empuja a la actividad monoproductiva en desmedro del esquema de rotación.
Los cereales han quedado atrapados en la jaula hecha por burócratas. Por ello, no es capricho de los agricultores, su reclamo. Es una verdad de Perogrullo.
Y lo peor de todo es que, en esta zona del país, los problemas de estructura se presentan con agilidad ya que son tierras de desmonte.
Para fortuna de todos, ha habido mejoras en los precios. Pese a la proximidad de la cosecha de América del Sur, el cuadro es alentador merced a las mejoras en el plano financiero internacional.
Y el clima patea a favor de los precios, aunque obviamente no lo hace a favor de la producción. Las precipitaciones de los últimos días son motivo de preocupación ya que empiezan a afectar el inicio de la cosecha en la región.
Lo más probable es que los precios tiendan a la baja. Al menos así lo indica cualquier análisis alejado de voluntarismo.
Las lluvias pararían y el dólar iniciaría un recorrido ascendente. De la mano de la suba en la tasa de interés de EE. UU esta divisa debería fortalecerse en términos de euros y de las monedas asiáticas.
Sin embargo, el panorama no es oscuro. La demanda internacional debería sostenerse ya que la economía mundial está ingresando a una etapa de mejora, en un contexto de incremento en el uso de los combustibles donde el biocombustible juega un papel de creciente relevancia.
En suma: para lo inmediato, bajas. Para lo que sigue, mejoras. Así, parece ser el cuadro. Siempre y cuando el diablo no meta la cola.