Maltrecho, éste trata de reponerse. A pesar del otro clima, el de los negocios. El cuadro actual muestra que no se puede culpar de todos los males a la sequía; el castigo, también, proviene del Estado.
Un mercantilismo, tan férreo como anacrónico, condiciona la política económica. Por una presunta política favorable a los más humildes, el eslabón agrario sufre una estrategia de vigilancia y control, que afecta al comercio exterior. Y la necesidad de lograr un superávit comercial, cuando las exportaciones están condicionadas por el intervencionismo, empuja al Estado a castigar las importaciones.
El comercio exterior, oprimido, apenas logra asomar su nariz. Las vedas en las exportaciones, como por ejemplo las de maíz y trigo, impiden la formación de un precio de mercado. Se establece así una brecha que traslada ingresos al sector de la exportación en desmedro de la producción. La redistribución de ingresos es regresiva, en desmedro de los chacareros y del comercio exterior. Y al penar los ingresos del eslabón agrario, se afecta a todos los agentes de los eslabones que contribuyen a la producción (aguas arriba), así como a gran parte de los eslabones que se aproximan al consumidor final (aguas abajo).
Este intervencionismo, plasmado fundamentalmente en vedas y derechos de exportación, sólo vela por una oferta vinculada a la inmediatez. Estamos bajo una política discrecional pro-cíclica que sólo mira el corto plazo. En lugar de premiar la producción, busca incrementar la oferta inmediata para el mercado interno a través de todo tipo de desvíos.
La producción está resentida. En consecuencia, también lo está la capacidad de recaudación fiscal. La producción granaria de esta campaña es la más reducida de este siglo; en rigor, la menor de los últimos doce años.
El camino ascendente en la producción ha sido abortado. La meta de 100 millones de toneladas de granos ha quedado en la incertidumbre. No sólo tenemos menos, estamos encerrados en un cuadro de concentración que hace peligrar la sustentabilidad agraria.
La concentración de la producción en la soja en desmedro de los cereales,
particularmente, del maíz, se pronuncia de forma alarmante. Del total sembrado,
poco menos de 10 millones de hectáreas se ha destinado a cereales. Al comienzo
de la campaña que acaba de finalizar, se hablaba de una cosecha de soja de 49
millones de toneladas; hoy, sabemos que se han trillado apenas poco más de 32
millones.
El maíz, que el año pasado alcanzó un volumen de 21 millones de toneladas, ahora
está en poco más de la mitad, la peor cosecha en 20 años. El área destinada en
esta campaña a este cereal caería un 25%. Serían menos de 2 millones de
hectáreas, la superficie más reducida de las últimas dos décadas.
Y la cosecha de trigo es la menor de los últimos 25 años. Este año, la siembra
cubriría una superficie de apenas 2,7 millones de hectáreas. En tal caso, lo que
podríamos exportar sería muy poco. Satisfacer a Brasil -cliente prácticamente
cautivo- resultaría una utopía.
A contrapelo de lo que dicta un racional manejo del suelo y del ambiente, la superficie agrícola se concentrará en la soja, básicamente, por el intervencionismo estatal.
La leche y la carne son ejemplos macabros de lo que resulta de la aplicación de instrumentos carentes de visión estratégica, con miras a lo inmediato y al mercado interno. Lo que está pasando con la carne vacuna es alarmante, no sólo en la oferta sino en la calidad. Y así como en el plano agrícola la combinación granaria se vuelca a favor de la soja -en desmedro de la rotación de cultivos-, en el plano ganadero, la combinación favorece la producción intensiva de corral y pena la producción diferenciada con mayor valor agregado basada en la ingesta de pasto.
El mercado no perdona. Por las intervenciones arbitrarias, éste obtiene su venganza, a la larga o a la corta. Y así es testigo de cómo la política económica se fagocita a sí misma. El mercado supone especialización y, al ser atacado, la asignación de recursos se vuelve irracional en términos de mediano y largo plazo. Por ende, crecen los costos de transacción y las instituciones económicas se debilitan. De esta forma, los agronegocios pierden su ímpetu, conllevan mayores costos y dejan de lado la visión estratégica.
Es hora de poner las cosas en su lugar y volver a la senda del sentido común. El mundo tiene hambre. Nosotros podemos brindar alimentos y muchas cosas más, en mayor cantidad y calidad. Asumir este desafío, como jugadores de primera en el plano de los agronegocios es un imperativo, no sólo económico sino moral. Tenemos todo, hagámoslo.
El futuro nos espera.
Por el licenciado Manuel Alvarado Ledesma, director de la Licenciatura en Administración y Gestión de Agronegocios de la Universidad de Belgrano
Fuente:Universidad de Belgrano