Como todos los años, el Departamento de Agricultura de los Estados Unidos acaba de hacer conocer sus propias estimaciones acerca de cómo serán las próximas cosechas norteamericanas. Aparentemente, los productores DEL del país del Norte disminuirán el área sembrada de algunos de sus cultivos más importantes, incluyendo el maíz, el trigo y el algodón. Asimismo, sembrarán menos superficie con soja de lo que se estaba anticipando.

El recorte será, seguramente, el más grande de los realizados desde 1987, cuando el sector rural del Estados Unidos estaba profundamente endeudado.

Los estados en los que aparentemente más caerá la superficie sembrada son Dakota del Norte y Texas. Las próximas estimaciones se conocerán en junio, cuando la siembra esté ya terminada. En ese momento las predicciones podrán ajustarse con mayor precisión.

La contracción referida que está siendo prevista es la mayor en las dos últimas décadas. Ella es atribuida a un onjunto de diversas razones que se acumulan. Las consecuencias de la recesión que se ha abatido sobre la economía toda; las malas y costosas decisiones de muchos en materia de “hedging”; la escasez de crédito; y el aumento pronunciado del precio de algunos de los fertilizantes (particularmente los nitrogenados); así como del de las semillas, factores todos que, sumados, afectan al sector.

La consecuencia anticipada de lo antedicho es la de un probable nuevo período de volatilidad de precios en todo el sector de los alimentos y de los bío-combustibles.

Si a ello se suma, de pronto, algún problema climatológico serio en el transcurso de este verano del Hemisferio Norte, el resultado eventual puede ser el de una oferta fuertemente disminuida. Por esto, presumiblemente, es que los precios de los futuros han estado subiendo, tanto en lo que hace al maíz y al trigo, como a la soja.

Para la economía en general, la disminución del área sembrada de los principales cultivos supone una posible presión inflacionaria adicional, a la que seguramente generará la montaña de estímulos fiscales públicos que ya está apareciendo sobre la economía toda.

Por esto los pronósticos oficiales imaginan una inflación del 3 al 4% para la canasta alimentaria durante el año en curso. Esto es algo menor que el guarismo del año pasado, del 5,5%, pero por su importancia relativa aún genera comprensible preocupación. Recordemos que en 2005 y en 2006, el aumento anual de los precios de los alimentos en los Estados Unidos fue de apenas un 2,4%.

La superficie que se dedicará al cultivo de trigo se estima ahora habrá de caer un 7% respecto del año pasado. La dedicada al maíz, en cambio, sólo un 1%. La que corresponde al algodón caerá también un 7%, lo que se constituirá en el “piso” de los últimos 25 años.

La idea generalizada sería la de dedicarse preferentemente a la soja, que como cultivo tiene también en los Estados Unidos costos muy inferiores. El mismo fenómeno que vemos nosotros, aunque en nuestro caso sea increíblemente el propio Estado uno de los responsables. Por esto la superficie dedicada a la soja en los Estados Unidos se estima que crecerá un 0,4% respecto del año pasado, lo que -cabe apuntar- estará lejos del aumento del 5% que muchos preveían y que, a estar a las estimaciones oficiales, no se producirá.

Lo que no disminuirá, más allá de la retórica, serán los subsidios federales al sector agrícola. Pese a que Barack Obama había anunciado que pretendía reducir los subsidios “automáticos” (o sea aquellos que nada tienen que ver con el ciclo de los precios ni con el área sembrada) en 9,7 billones de dólares a lo largo de una década, lo cierto es que el Congreso no ha incluido recorte significativo alguno en los subsidios al sector rural. Como siempre, en esto tanto demócratas como republicanos atienden primero a las urgencias de sus propios estados. A diferencia de lo que ocurre en la Argentina privilegian a sus electores y escuchan sus quejas. No hay, por lo demás “alineamientos automáticos”, ni mucho menos, “disciplina partidaria” que los haga traicionar a quienes los votan.

Por Emilio Cárdenas. Ex embajador de la República Argentina ante las Naciones Unidas.