Uno de ellos se basa en un esquema como el actual con precios similares a los existentes.

Quizás, estos valores podrían estar algo más bajos, pero no sustancialmente. Habrá que ver cómo sigue el problema de la fiebre porcina que, ciertamente, afecta la demanda. Este es un golpe imprevisto sobre el que todavía no tenemos claro cómo podrá seguir.

Y el otro está sustentado en un esquema de precios más altos.

La razón para establecer estos dos escenarios proviene de los factores alcistas que dibujan el presente y se proyectan hacia lo que resta del año.

Los fundamentales del mercado de soja muestran un mundo donde no se daría un aumento en la producción de soja suficiente -por parte de EE.UU.- como para compensar la reducción que registra el MERCOSUR.

Siendo así las cosas, el escenario menos optimista se daría para el caso de que la crisis financiera mundial afecte a la demanda. Pero, para el caso de que no lo haga, el segundo sería el más factible.

El impresionante recorte productivo viene de la mano de la Argentina. La caída en nuestro país, por la desastrosa cosecha, opera a través de vasos comunicantes en el mundo entero.

Al reducirse la oferta argentina, la demanda mundial queda obligada a dirigirse a otros proveedores. De esta forma, como Brasil no ha dado muestras de aumento, ella tenderá a buscar lo que no encuentra, en el hemisferio sur, en EE.UU.

Como las existencias de este país son reducidas, la tensión habrá de crecer. Las existencias son de apenas 4,5 millones de toneladas.

La cosa de pone más caliente, si miramos a lo que pasa en la industria local.

Sabemos que el Gobierno ha puesto un palo en la rueda al imposibilitar el régimen de admisión temporaria. El régimen de importación temporaria permitía que el aceite y la harina producidos con soja importada (por ejemplo de Paraguay o Bolivia) sea exportada sin pagar derechos de exportación.

Por esta inaudita medida, la industria sólo puede contar con la mercadería local. Ahora las fábricas cuentan únicamente con soja de la Argentina, pese a que están en condiciones de operar con una mayor producción. Así son las medidas del gobierno.

Obviamente, las aceiteras locales no pueden importar mercadería pues para hacerlo deben comprar la soja al precio normal y, luego, para exportar la soja ya industrializada, deben hacerlo con el gravamen del 32% para el caso de aceite y del 33% para el de harina. Algo imposible.

A resultas de ello, la industria oleaginosa más vigorosa del mundo, la argentina, está en un callejón. Tantas inversiones hechas y ahora quedan, en parte, desperdiciadas. El enemigo, oportunista, no descansa.

Y el mercado local deberá acusar de a poco está tensión. Las fábricas sin otras fuentes que las domésticas presionarán sobre los precios. Y la oferta restringida acentuará la suba del dólar. Todo un círculo.

La oferta interna aumentará exponencialmente sólo si el precio supera, digamos, el nivel de $1.000. El número es ciertamente arbitrario, pero marca una cota psicológica, a nuestro entender.

Si el precio permanece por debajo de este número, lo oferta irá apareciendo en cuenta gotas, de acuerdo a las estrictas necesidades financieras del productor.

La oferta argentina, en tanto, sigue dando que hablar. Ya no parece una locura estimar el volumen de cosecha en tan sólo 30 millones de toneladas.

Además el petróleo, casi sin que nos demos cuenta, está retomando una senda suavemente positiva. El precio ahora ronda en 51,50 dólares.

La mejora del valor del barril de crudo coincide con cierta tendencia a la baja en el valor del dólar respecto al euro. Un euro equivaldría a 1,33 dólares.

Así están las cosas. Pero… ya sabemos dormir con el enemigo.