Medianamente sorprendidos los argentinos vemos que, a pesar de tener un buen país y un Papa, ante la aparición de una pandemia virósica (cabe agradecer que haya sido por un virus medianamente tratable y no la peste negra medieval) nuestro deseado crecimiento económico se transformó en una caída a plomo hacia el fondo de un precipicio.

Ante esto, nuestra clase política reacciona heroicamente salvando sus huesos mediante la rapacidad impositiva y una monumental emisión de moneda, mientras claman que la solución para esto pasa porque el país crezca económicamente.

Lo que no se dice es cómo y en base a qué.

Metidos ya en esta nueva crisis, en gran parte cíclica, habría que buscar la salida por los sectores que reaccionan mejor y más rápido, que son los que producen bienes transables internacionalmente como el agropecuario. Pero seguramente en lugar de dejarlos crecer y engordar favorablemente nuestra balanza de pagos, se apuntará a continuar extrayéndoles la mayor cantidad de recursos posibles aduciendo una “renta extraordinaria” producto de las sucesivas devaluaciones, volviéndose de esta manera a trabarlos, frenando el crecimiento y haciendo que poco tiempo después se vuelva a caer en otra de similar contenido.

En el país, en el mundo y en la historia está escrito que este sube y baja no lleva a otro lugar que no sea la mayor pobreza.

Algunos políticos audaces se atreven a mencionar la necesidad de bajar la presión fiscal sobre las actividades productivas del sector privado, lo que lleva a menear negativamente las cabezas a las principales espadas de esta cofradía, que están pensando exactamente lo contrario.

En nuestro sector agropecuario esto es particularmente trágico, dado que solo ve pasar la montaña de divisas que genera, de la que disponen como hacienda de finado –no existe plaga biológica alguna que destruya el treinta y tres por ciento de lo cosechado entre la punta de caño del elevador y la bodega del barco- mientras que quien la forja languidece durante todo el año y parece brillar solo unos días en la correspondiente exposición anual y los fines de semana en los suplementos rurales de los diarios.

Dicho esto, me pregunto si existe un marco de pensamiento racional que permita encontrarle la salida a este cerco de decadencia reincidente.
Para responder, creo que hay que ir desgranando los distintos componentes que la generan, buscando primero definir sus características para después ver si se puede integrar una solución para el conjunto.

Lo primero a tener en cuenta es la Irrelevancia Política del sector, ya que la población rural y sus votos decrecen año a año con la migración desde el campo a la ciudad, en donde tienden a adherir al discurso populista, fenómeno al cual hay que agregar la extraña forma en que nos representan nuestros diputados.

Dentro de este panorama de irrelevancia, cualquier medida gubernamental que nos afecte económicamente es posible de ser tomada, sabiendo que no tendrá mayor costo para los intereses de la clase política, lo que nos lleva a la primera conclusión, cualquiera sea el camino para encontrar la salida, debe surgir desde dentro del sector.

En segundo término, un gran contribuyente de esta situación es el Productivismo que atraviesa la mayoría de nuestros actores y actividades.

Se alimenta de la “tecnología de producto” foráneo ofrecido y del afán productivista que enorgullece a quién lo practica, y que se ve corrientemente en todas las actividades, principalmente granos, pero también en ganadería, tambo y demás.

Hay cierta indiferencia o ignorancia en general respecto a que el nivel óptimo económico de unidades a producir está en función del costo marginal y del precio del producto, como regla general cuando el precio baja, ya sea naturalmente o por efectos de excesos impositivos, hay que bajar la intensidad (cantidad de capital y trabajo aplicados para la producción de una unidad de algo) reduciendo el esfuerzo productivo y revertirlo cuando el precio sube.

Se suma también la falta de una madura evaluación de los Riesgos a los que se expone quien desarrolla estas actividades, que tienden a ser asumidos en relación inversa a la responsabilidad patrimonial del actor.

Lo sigue el deterioro permanente de las Calidades de nuestros productos.

Pariente del Productivismo y con iguales orígenes, consiste en elegir para tratar de producir mucho algo muy rendidor, aunque su abundancia y calidad nos desplacen a mercados de bajos precios.
Los resultados negativos sobre la calidad están a la vista, mientras aparecemos como exportadores de productos de bajo valor.

Como tenemos logística muy cara, y en dólares constantes los granos tienen una tendencia descendente mientras que la de los costos es ascendente, y en especial los fletes, principal erogación de una hectárea cosechada, los resultados hacen que los rendimientos de indiferencia sean mayores a los rindes medios, indicando que el conjunto opera a pérdida.

Podría seguir describiendo otros componentes que intervienen en la generación de estas crisis, pero creo que con estos elementos alcanza para, por lo menos, una primera aproximación en la búsqueda de la salida.

Si la escapatoria se identifica con el Crecimiento, hay que recordar que los ingredientes básicos que hacen crecer a los países son la tecnología de base y el capital de riesgo.

Buscamos entonces una estructura mental que pueda servirnos de base para que, aplicando sus principios y fundamentos desde dentro del sector, encontremos la solución a nuestros problemas inmediatos y de mediano y largo plazo en un contexto de irrelevancia política, productivismo a ultranza de sus actores, pobre evaluación de riesgos y deterioro permanente de la calidad de sus producciones entre otros problemas, agregando además que esto debería preservar y recuperar el ambiente (suelos, contaminaciones, emisiones) en el cual se desarrollan.

El camino luce árido, no hay varita mágica y solo queda “labrar un arduo cristal”, como Borges escribió para Spinoza, y que es la incorporación de una cultura de decisión objetivamente empresarial en un entorno de administración desarrollada como ciencia y arte.

Volcando parte de la energía interna que se dirige actualmente a la “tecnología de producto” hacia generar una “tecnología de decisión” como base dedicada a mejorar la cultura empresarial y orientar correcta y eficientemente el uso del capital de riesgo disponible, seguramente se irán disminuyendo los componentes negativos y sortearan las desviaciones productivas habituales que resultan en carnadas irresistibles para nuestros generadores de exacciones.

Esta parece la única base mental posible para salir del círculo vicioso en este contexto y que a mi juicio cumple todos esos requisitos, buscando el crecimiento mediante la mejor asignación de los recursos disponibles en una amplia gama de actividades seleccionadas por sus resultados económicos y riesgos asociados, con el uso de las modernas herramientas de análisis.

Quienes deberían conducir este viraje, por lo dicho, tienen que surgir de entre los actores actuales con vocación empresarial que haya en el sector y ser apoyados por las asociaciones rurales para su transmisión al resto de los integrantes.

Por Jorge Ramayon - Ingeniero Agrónomo